Propiedad y activos: pilares de las familias empresarias

Adentrándonos nuevamente en el modelo de los Tres Círculos de Tagiuri y Davis, recordamos que este representa tres dimensiones interconectadas que coexisten en toda empresa familiar: la familia, la empresa y la propiedad. Si bien solemos centrar el análisis en los dos primeros –las relaciones familiares y la operación del negocio–, el círculo de la propiedad suele quedar en segundo plano, a pesar de tener una repercusión profunda y, muchas veces, estructural dentro de la dinámica empresarial y familiar.

Hablar de propiedad no solo implica saber “quién es dueño”, sino comprender el rol estratégico que este círculo desempeña en la continuidad, el orden y la toma de decisiones de largo plazo. La propiedad influye en el diseño de estructuras, la distribución de beneficios, el rumbo organizacional y, sobre todo, en el equilibrio entre los intereses económicos, emocionales y operativos de los otros dos círculos.

¿Qué entendemos por propiedad?

Aunque el término “propiedad” puede tener distintos conceptos según el enfoque desde el que se aborde (jurídico, contable, filosófico), para el contexto de empresas familiares, resulta útil retomar la definición del economista Richard A. Posner, quien afirma:

“La propiedad es el derecho a controlar un recurso o activo, a excluir a otros de su uso y a transferirlo.”

Esta visión destaca el aspecto funcional de la propiedad: el control, la exclusión y la transferencia de los activos. Es decir, no basta con ser dueño; se trata también de decidir cómo se usa lo que se posee, quién participa en su gestión y cómo se transfiere a nuevas generaciones o socios.

¿Qué se considera un activo dentro del círculo de la propiedad?

En el contexto de una empresa familiar, los activos representan mucho más que bienes materiales o cifras en los estados financieros. Se trata de todos aquellos recursos bajo control o titularidad de los propietarios, con impacto directo en la estructura, operación y continuidad del negocio. Estos activos pueden ser materiales, financieros, intangibles, simbólicos, emocionales o incluso relacionales. Comprenderlos y gestionarlos adecuadamente es clave para fortalecer el círculo de la propiedad y proyectar el legado empresarial.

Existen distintas formas de clasificar los activos. Por ejemplo, desde un enfoque funcional o patrimonial, podemos hablar de activos tangibles e intangibles. Desde la perspectiva de grandes firmas de inversión familiar como UBS Global Family Office, se distinguen los activos tradicionales (como acciones, bienes raíces o bonos) y los activos alternativos (como arte, capital privado o inversiones sostenibles). En las empresas familiares, comprender el tipo de activo implica identificar su forma y reconocer cómo contribuye a la construcción y protección del legado. A continuación, abordamos las principales categorías:

Los activos tangibles son aquellos bienes materiales y financieros que pueden observarse, cuantificarse y utilizarse como respaldo económico dentro del patrimonio familiar o empresarial. En una empresa familiar, estos activos suelen incluir inmuebles, como terrenos, oficinas, bodegas o plantas productivas, así como maquinaria, vehículos, mobiliario e inventarios.

Junto a estos bienes físicos, también se consideran tangibles los activos financieros y de capital, es decir, acciones, participaciones, cuotas sociales, e incluso inversiones o cuentas por cobrar entre socios o empresas relacionadas. Aunque no tienen una forma física, su valor es cuantificable y representan propiedad directa sobre el negocio.

Estos activos reflejan tanto el compromiso patrimonial como el grado de control de los propietarios sobre la empresa. A menudo son bienes heredados o adquiridos por generaciones anteriores, lo que les otorga un componente emocional y simbólico. Por ello, delimitar claramente qué pertenece a la empresa y qué al patrimonio individual es esencial. De lo contrario, puede haber confusión que complique la toma de decisiones, la sucesión o la convivencia entre socios. 

Los activos intangibles son aquellos que, aunque no tienen una forma física, representan un valor fundamental para la empresa y son, en muchos casos, los que generan diferenciación en el mercado. 

Estos activos pueden ser marcas registradas, patentes, derechos de autor, franquicias, desarrollos tecnológicos propios, licencias de uso o software creado internamente. También pueden incluir elementos menos formales pero igualmente valiosos, como el know-how acumulado, el prestigio de la marca, la identidad organizacional o incluso el legado del fundador. Muchos de estos activos no suelen figurar en los estados financieros, pero tienen un peso estratégico enorme, sobre todo en procesos de crecimiento, internacionalización o transferencia del negocio. 

Instrumentos de gobernanza: orden para ejercer la propiedad

Más allá de lo que se posee, es esencial cómo se ejerce esa propiedad. Aquí entran los instrumentos, acuerdos y estructuras de gobernanza que permiten que los dueños actúen de forma clara, equitativa y responsable. Aunque no se clasifican como activos en términos contables, su presencia fortalece la operación de la propiedad.

Entre ellos se encuentran estatutos sociales, pactos de socios, libros corporativos, reglamentos internos, protocolos familiares y otros documentos que regulan el ejercicio de derechos, la toma de decisiones, la incorporación de nuevos socios y la solución de conflictos.

Estos mecanismos brindan formalidad y permiten a los propietarios operar como un cuerpo coherente y alineado con la visión a largo plazo. Su ausencia puede poner en riesgo incluso los activos más valiosos, al no existir un marco claro de acción compartida.

El valor de entender lo que se posee

Comprender qué es lo que conforma el patrimonio de una empresa familiar va mucho más allá de conocer cuánto vale el negocio o quién tiene más acciones. Implica tener claridad sobre los elementos que realmente sostienen el legado, fortalecen las decisiones y permiten la evolución del proyecto empresarial. 

Cuando los propietarios conocen a fondo los activos bajo su posesión, no solo protegen el valor de la empresa: también construyen orden, abren posibilidades de desarrollo y reducen riesgos futuros. Es en esa claridad donde se siembra la continuidad.

Gestionar adecuadamente los activos del círculo de la propiedad no significa únicamente tenerlos “en regla”; significa entender su propósito, su impacto y su potencial dentro del sistema familiar-empresarial. En muchas ocasiones, los conflictos no provienen de lo que se tiene, sino de lo que no se entiende o no se ha definido. Por eso, el verdadero ejercicio de la propiedad empieza por el conocimiento, pero se consolida con decisiones conscientes, acuerdos claros y miradas alineadas hacia el futuro.

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